Lugares sagrados

El año 2012 fue nombrado por las Naciones Unidos como el Año de los Pueblos Indígenas, tanto un reconocimiento de sus culturas y su vínculos con lugares sagrados, como las rupturas forzadas de esos lugares. Ya estoy empezando a entenderlos.

Escribo este blog al visitar Madeline Island en Lake Superior. Por un tiempo mis padres fueron los dueños de la casa donde estoy y de la tierra donde está ubicada. Fue su casa por diez años, representando para ellos un lugar de belleza, descanso, inspiración y espiritualidad más allá de lo que hubieran podido imaginar. El regresar a este local después de una ausencia de casi treinta años ha producido un serie de emociones: el regocijo del regreso mismo, poder re-visitar el lugar que mi madre y mi padre consideraban su hogar; la curiosidad de ver como las cosas han cambiado en el transcurso de una generación; el embeleso frente a los bosques prístinos y las peñas de que se compone la isla; un sentido de asombro al ver como se ha mantenido la tierra inmutable, aun después de décadas de las embestidas del lago y de los cielos; pensativo al recordar la isla como el lugar de la luna de miel de mi esposa y yo, hace unos cuarenta años; tristeza al recordar la decisión de mis padres ya avanzados de edad de dejar la propiedad; alegría al revivir los recuerdos del sitio que siempre consideraba mi lugar más favorito del mundo.

Al reflexionar sobre estas cosas, descubrí una dimensión nueva, un nuevo sentimiento tanto sobre su significado como su importancia. Siempre he entendido la belleza natural del entorno y el valor de escapar a tal lugar de refugio. Siempre he sentido la renovación espiritual intrínseca al bosque, y estar al lado del lago. Pero lo que he empezado a reconocer es que mi vínculo con este lugar va más allá de sus dimensiones físicas. Hay algo sagrado acá, algo que se extiende mucho más allá de los sentidos inmediatos, algo sagrado que no solamente le agrade o calme al espíritu, sino realmente se hace una parte de sí mismo. La ciencia puede postular que la cohesión entre un lugar y una persona solamente existe en la poesía, pero la experiencia enseña una conclusión muy diferente. De una manera verdadera y física, encuentro que yo soy realmente una parte de este lugar, y él es una parte de mí. Porciones de mi vida están aquí. Porciones de mi linaje están aquí. Yo he tomado de este lugar, y yo le he dado a él. Ni la tierra ni yo podemos mantenernos igual después de esa conexión.

Se me ocurre que también esto es la base por las reivindicaciones centenarias de los pueblos indígenas de Nicaragua y otras partes del mundo. Las pérdidas de idiomas o tierras son una disminución atroz cuando ocurren; no es menos profunda que la extinción de una especie entera de vida, una evolución que frecuentemente combatimos con una determinación firme. Pero para los pueblos indígenas, la resistencia no tiene que ver solamente con la pérdida de tierra, sino la pérdida de una identidad entera, de estar conectado, de cultura, del espíritu mismo. De nuestras propias maneras, y frecuentemente sin un esfuerzo consciente, todos nosotros buscamos descubrir el acceso a la integridad de la vida, esa parte de nuestra existencia que nos une al tejido del universo, un lugar nuestro, donde nuestra presencia da sentido a nuestro ser. Compartimos un anhelo profundo por tal relación, para ayudarnos entender un mundo que frecuentemente parece muy desconectado y sin sentir. La pérdida de los lugares sagrados de un pueblo destruye tales relaciones. Las injusticias sufridas por los indígenas se extienden mucho más allá que el valor de las tierras; sus reivindicaciones más importantes expresan la destrucción injusta de sus valores esenciales y su patrimonio.

A lo mejor es una comparación injusta entre un pequeño lote de bosque que en un momento pertenecía a mi familia, y las tierras ancestrales de los indígenas; por un lado, una relación forjada sobre solamente cuarenta años, mientras por el otro, desarrollada desde el amanecer de la existencia indígena. Pero la importancia de caminar donde caminaba mi padre, de conocer los lugares que mi madre consideraba preciosos, y retomar los pasos míos como un hombre joven – todo dentro del contexto de este mar tierra adentro y sus imperfecciones encalladas – me ha clarificado algo de importancia elemental. Somos parte de un todo, cada uno con nuestros propios vínculos a este cosmos que habitamos. Y estos vínculos son nuestras cuerdas de salvamento, nuestros contextos de vivir, una parte de lo que nos define y nos hace tanto únicos de una manera importante, como universalmente iguales. Quitar los vínculos debilita la cadena de todas nuestras vidas.

Ayer trabajé con el cerco de madera que mi padre construyó. Partía madera de los árboles que a lo mejor mi madre había sembrado. Por la noche nos sentamos tranquilamente en el cuarto donde se reunía mi familia entera hace unas décadas. En la oscuridad escuchaba el murmullo suave del agua del lago contra al fondo de las peñas, y di gracias por los lugares sagrados de mi vida…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *